lunes, 14 de octubre de 2019

Nacionalismos


La problemática en torno a los nacionalismos en argentina
Julián Otal Landi

Los enfrentamientos religiosos o ideológicos, como los que se han sucedido ininterrumpidamente durante el presente siglo, erigen barreras en el camino del historiador, cuya labor fundamental no es juzgar sino comprender incluso lo que resulta más difícil de aprehender. Pero lo que dificulta la comprensión no son solo nuestras apasionadas convicciones, sino la experiencia histórica que les ha dado forma. Aquellas son más fáciles de superar, pues no existe un átomo de verdad en la típica, pero errónea, expresión francesa ‘tout comprendre c’est tout pardonner’ (comprenderlo todo es perdonarlo todo). Comprender la época nazi en la historia de Alemania y encajarla en su contexto histórico no significa perdonar el genocidio. En cualquier caso, no parece abstenerse de expresar un juicio. La dificultad estriba en comprender”[1]

Los limites y los desafíos del historiador ante sucesos trascendentales del siglo XX en donde convertirse en juez antes que comprender el contexto constituye uno de los mayores problemas que se dan al momento de trabajar con Historia contemporánea y, sobre todo, con la denominada Historia reciente. Un caso sintomático de nuestra historiografía es la problemática del nacionalismo argentino o, mucho más acorde, “nacionalismos” cuyos análisis se encontraron condicionados ante los cristales de la historiografía europea al momento de afrontar el problema de los nacionalismos y su germen “totalitario”.
Atravesado por las coyunturas políticas y por las diversas interpretaciones hacia los nacionalismos, la historiografía argentina se nutre de un variopinto de análisis de los nacionalismos en la experiencia nacional. Partiendo, por lo general, desde la preocupación por la “cuestión social” y el supuesto avance de los “maximalismos” en torno al Centenario que impulsara la conformación del grupo reaccionario y paramilitar como la Liga Patriótica Argentina, pasando por la crisis de los años 30 con el primer golpe cívico militar en nuestro país apoyado por diversos núcleos nacionalistas (muchos de ellos influenciado por las ideas maurrasianas) las lecturas historiográficas suelen reducirse a una visión determinista y monocausal en donde el nacionalismo se considera como el germen de los autoritarismos y la violencia que sufrirá el país a lo largo del pasado siglo.
Con el golpe militar de 1943 y el posterior ascenso de Juan Domingo Perón (quien conformará un movimiento político social nutrido de idearios nacionalistas que será un elemento clave para dilucidar las problemáticas que atravesarán nuestro país en las décadas siguientes) el análisis sobre los nacionalismos en nuestro país se complejizará. El peronismo se considerará una derivación del nacionalismo, diferenciándose del supuesto carácter elitista y conservador pero sin dejar de ser una expresión criolla del fascismo.
Es así que, sobre todo luego del golpe al segundo gobierno de Perón en 1955, se inauguraría una larga tradición de estudios en torno a la historia del nacionalismo argentino: es a partir de la crisis institucional y de representatividad política en donde la discusión historiográfica en torno a la “cuestión nacional” y los “nacionalismos” empezaron a dirimirse, según las posturas ideológicas y adscripciones a proyecto social de los intervinientes. Desde el campo de la denominada “Izquierda Nacional”, por ejemplo, Juan José Hernández Arregui en un clásico trabajo distinguía (en líneas generales) dos tipos de nacionalismos: uno de “derecha” frente a otro “popular”.
No obstante, la Argentina y el mundo de los años ’70 daban un viraje sistemático que pondría en crisis varios paradigmas, acarreado por los cambios profundos a nivel político y económico que debilitaban los modelos de “Estado de bienestar” que fueran una estructura clave de las diversas experiencias nacionalistas en el mundo desde entrada la primer posguerra. En particular, en nuestro país se instalaba la última y más cruenta dictadura cívica militar en 1976 que hiciera efectiva la desaparición sistemática de personas e instauraba a la vez una nueva matriz económica de corte neoliberal. En sintonía a este nuevo clima, los estudios o trabajos ensayísticos en torno a los nacionalismos en nuestro país pierden presencia (también debido a la carga política ideológica que acarreaban en la década anterior y que con la dictadura se silenciarían bajo una fuerte represión).
La recuperación democrática en el ’83 que diera por tierra la última y más cruenta experiencia dictatorial enmarcó una interpretación historiográfica resumida en la dicotomía “autoritarismo/democracia” que parecía sugerir que toda experiencia nacionalista había sido “antiliberal” y, por ende, “antidemocrática”[2].
En definitiva, el proyecto social del alfonsinismo reflejaba no solo una legitimidad a partir de endilgarle un valor moral a la palabra “democracia” sino también en establecer como oposición a todo lo que pudo o podría desestabilizar el orden que pareciera “natural”. Ese “pasado” que inevitablemente se incrustaba en el presente con sus heridas abiertas debían ser resueltas a la luz de los nuevos tiempos en donde la “revolución” constituía un hecho del pasado que debía ser olvidado o, en su defecto, condenado. Como ejemplo podríamos mencionar el ya clásico trabajo de Richard Gillespie “Montoneros, soldados de Perón”. El autor se concentra en el origen autoritario del mismo, centrado en el nacionalismo católico en una lectura muy propia de la historiografía argentina de entonces. De esta forma, Gillespie reduce la lectura del final de la organización a partir de una interpretación nacionalista y autoritaria que se encontraría en su vicio de origen: así los fundadores de Montoneros habían hecho propias las practicas ideológicas de Tacuara y descubrieron la “teología radical” a partir de la difusión posconciliar de la mano de dos figuras claves en la formación de ellos: el padre Carlos Mugica y ex seminarista Juan García Elorrio[3].
A conclusiones pobres de sustento han caído los más diversos estudios del nacionalismo argentino pasando por David Rock[4] hasta el más reciente trabajo de Michael Goebel[5], en donde la valoración de dichos trabajos tienen gran valoración desde la heurística pero derivan desde lo hermenéutico en una perspectiva de corte determinista y tendencioso, quizás demasiado influido por las experiencias de memoria e historia desarrolladas en Europa. El historiador alemán Michael Goebel es la expresión de dicha problemática al momento de discernir la interpretación de los diversos nacionalismos. Así, su trabajo reciente titulado en nuestro país como La Argentina partida (cuando la traducción más idónea y fidedigna sería “La Argentina partisana”) encuentra su respectiva deuda intelectual con relación a las conclusiones que expone Quattrochi-Woisson en su ya clásico libro Los Males de la memoria[6]. Heredera tanto del clásico trabajo de Pierre Norá[7]  como de las polémicas y posicionamientos suscitados a partir de la famosa “querella de los historiadores” (Historikerstreit)[8] durante la década de los ochenta, la autora traslada la discusión política historiográfica suscitada en Alemania a la problemática nacional. Principalmente nucleada entre las posturas de Ernest Nolte y Jürgen Habermas en torno al nacionalismo alemán y en donde el filósofo Habermas acuñara el término “uso público de la Historia”, Goebel como Quattrochi-Woisson terminan trasladando en muchos aspectos las problemáticas suscitadas en torno al nacionalismo en tiempos de la República Federal Alemana para explicar la problemática de los nacionalismos en Argentina donde, finalmente, llegan a la conclusión de que fueron los responsables de la creación de un discurso autoritario y antidemocrático (confundiendo a su vez “antiliberalismo” con “antidemocracia”). Así, para ambos autores la responsabilidad del nacionalismo es neta por haber conformado la construcción de una “contramemoria” que conflictuaba con un orden indiscutido e incuestionable por ambos autores.
Otro autor que merece un destacado por su hipótesis delirante pero aprobada académicamente por los diversos autores representativos de la historiografía como Halperín Donghi, Luis Alberto Romero, Mariano Plotkin e Hilda Sábato son los diversos trabajos de Federico Fichelstein, quien suscribe a la teoría que el nacionalismo, el peronismo y la "guerra sucia" (terminología que él usa) es producto del fascismo importado. Aclara: es un fascismo distinto al europeo, el fascismo es un "fascismo en movimiento". En el prólogo de Fascismo trasatlántico (2010), donde trata de defender su postura afirma:
"Para Mussolini, la Argentina no era en realidad una nación -punto de vista que los fascistas argentinos no aceptaron… De hecho, los nacionalistas argentinos nunca adoptaron el modelo propuesto por sus contrapartes europeas"...
En la presentación y en las conclusiones parece confuso pero para el autor, al considerar la existencia de un “fascismo global” (es decir, el fascismo italiano que históricamente es la expresión original de dicha tendencia para Finchelstein es sólo una representación más), toda expresión nacionalista que se posicione ante el liberalismo, significa una tendencia antidemocrática (porque entienden la democracia como liberal por naturaleza) y autoritaria[9].
De esta manera, el problema sobre el abordaje historiográfico en torno a los nacionalismos en nuestro país no deja de pecar con los mismos preceptos que Francois Furet y varios intelectuales franceses conservadores (en el marco de la crisis y caída de URSS) cuestionaban al terror desatado por la Revolución francesa como germen de los totalitarismos desatados en el siglo XX[10]. Así, salvando las distancias, se termina estableciendo una lectura deshistorizada y determinista en donde se sostiene los preceptos de la democracia liberal como normas y valores atemporales. En función de estas críticas, adherimos a la afirmación de Enzo Traverso cuando expone que “No se trata de poner en duda las virtudes del humanitarismo, sino simplemente de impedir que nuestra sensibilidad pos-totalitaria nos lleve a transformar una categoría histórica, pensando que la condena moral de la violencia puede reemplazar su análisis e interpretación. El espíritu de la era conservadora presenta al humanitarismo como el corolario indispensable del liberalismo, inmunizado contra las ideologías y surgido de las cenizas de un siglo de horrores.”[11]
Los trabajos que pueden diferenciarse de dicha tendencia son los de Cristián Buchbrucker y Fernando Devoto. El primero, influenciado por la escuela historiográfica alemana y dirigido por el historiador que confrontara a Habermas en la mencionada Historikerstreit Ernest Nolte, Buchbrucker se propone en su trabajo Nacionalismo y peronismo un análisis sistemático de ideas y temas, tópicos y retórica de las diversas expresiones del nacionalismo en el campo de nuestra cultura política contrastándolo, a su vez, con las matrices europeas y con la cambiante coyuntura histórica, nacional e internacional[12]. En líneas generales, distingue dos tipos de nacionalismos: uno restaurador frente a otro populista (de quien el peronismo se nutrió de manera directa[13]). Sin embargo, una de las críticas a su trabajo pueden inferirse en torno a la excesiva estructuralidad del análisis: concibiendo una historia de las ideas o del pensamiento de manera categórica y (aunque no de manera explícita) evolucionista pierde por momento la historicidad del relato que desarrolla de manera ordenada y esquemática. 


El segundo autor en cuestión es Fernando Devoto quien, en 2005, retomara y perfeccionara el trabajo inicial realizado a la par con María Inés Barbero en 1983. En Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna. Una historia, Devoto se propone matizar y complejizar las mencionadas construcciones historiográficas en torno a los nacionalismos. Desde su introducción, el autor nos advierte el criterio del recorte: se trata de “estudiar al nacionalismo en sentido restringido, al nacionalismo de derecha, antiliberal, el nacionalismo de los nacionalistas en el contexto más amplio, en el regazo de aquel otro nacionalismo de herencia decimonónica, genérico, identitario”[14]. En función de indagar los orígenes y desarrollo del “nacionalismo de los nacionalistas” se propone trabajar con su momento de génesis y formación durante las décadas de los ’20 y los ’30 hasta el eclipse de la experiencia uriburista. El autor argumenta que decide exceptuar del mismo al “otro” nacionalismo aquel de tendencias populares o populistas ya que los considera “grupos marginales dentro de los marginales”[15]. El criterio es discutible y plantea desde el inicio las limitaciones del trabajo: si precisamente el estudio de Devoto se aboca a indagar sobre el derrotero de aquel nacionalismo en formación de carácter autoritario hubiera resultado fructífero ya sea a nivel ilustrativo o comparativo trabajar con la experiencia de otro nacionalismo, muchos de ellos adeptos al yrigoyenismo y cuya raíz del mismo sentaría las bases posteriores de FORJA a mediados del ’30[16]. No obstante, el propósito de su trabajo es focalizar sobre las rupturas por sobre las continuidades (aunque, paradójicamente, dice inspirarse en la clásica obra de Fernand Braudel El Mediterráneo en donde la visión estructural privilegia las continuidades históricas):
Indagar no solo los proyectos de los nacionalistas, sino sus límites, las imposibilidades para crecer, para extenderse, tanto en las elites como en el seno de las clases medias, naturales destinatarias de sus propuestas, es una de las líneas principales de argumentación de esta obra”[17].
Devoto analiza el surgimiento de la tradición antiliberal, autoritaria y antidemocrática reflejando no la fortaleza de sus orígenes (como lo había señalado el libro de David Rock La Argentina Autoritaria y en, cierta medida, la apoya con una interpretación generalizada y sin matices el de Michael Goebel[18]) sino sus debilidades, su heterogeneidad y sus dificultades a la hora de proponer su proyecto.
En definitiva, el trabajo de Fernando Devoto constituye un aporte fundamental para complejizar y también desmitificar ciertas afirmaciones que se mantenían bibliográficamente en torno al nacionalismo argentino. El enfoque desde un plano intelectual que reúne las diversas facetas de la trayectoria de los nacionalistas sin caer en lecturas generales: brindando el recorrido de los nacionalistas desde diversas dimensiones (políticas, ideológicas, literarias) Devoto prefiere analizarlos conjuntamente eludiendo el criterio generacional y social ya que lo considera arbitrario. En ese sentido, alude al sentido de espacios de sociabilidad como factor de análisis para explicar los diversos posicionamientos que tienen los actores integrantes[19].
Otro trabajo, que se lo puede enmarcar dentro del renacer en los estudios historiográficos conocido como “nueva historia política”, es el de Fortunato Mallimacci, Humberto Cuccetti y Luis Donatello quienes, focalizándose en el estudio del derrotero entre nacionalismo y catolicismo, abordaron las diversas concepciones y subjetividades de los que se identifican con posturas nacionales desde modernidades periféricas. En ese sentido, dan cuenta de la complejidad del catolicismo en torno a su unidad/diversidad en los espacios públicos. La heterogeneidad y la construcción de sentido de acuerdo a los contextos son elementos de interpretación claves para no caer en la falsa consideración de que peronismo, catolicismo y nacionalismo como un todo relacionado y sin fisuras. Entendiendo la complejidad del mismo, posibilitan a los autores a discernir mejor las diversas trayectorias que se establecen en la década de los sesenta y setenta.[20]
En definitiva, la ampliación de perspectivas y trabajos que responden a variadas tendencias historiográficas son de gran utilidad al momento de analizar la trayectoria de los nacionalismos en nuestro país. Luego de la crisis del paradigma estructuralista, la visión homogénea y general resulta más difícil abordar debido a los estudios de casos y la tendencia a la especialización que, por un lado, favorece el manejo de la temática pero circunda y dificulta, por otro, la articulación de los diversos fenómenos sociales, políticos y económicos.
La posibilidad que brinda el “retorno del sujeto histórico” bajo el posestructuralismo puede facilitar la comprensión de uno de los fenómenos (los nacionalismos) sin perder de vista la temporalidad y el espacio histórico en que está inmerso. La biografía intelectual constituye una herramienta compleja pero interesante para utilizar teniendo en cuenta los preceptos mencionados.
El desarrollo de las nuevas tendencias historiográficas a partir de la década de los ochenta viene brindando una multiplicidad de enfoques de acuerdo a las teorías y sobre todo de acuerdo a la interpretación. Los peligros de estar supeditados a conclusiones deterministas fueron las que llevaron a conclusiones arbitrarias como el caso de los nacionalismos en nuestro país en donde, en cierta medida, el afán por querer aplicar determinadas teorías o definiciones terminan siendo una debilidad a la hora de exponer las respectivas conclusiones. Queriendo encajar el objeto al marco teórico a lo Procusto (es decir, decidido a cortar las partes que no encajan) se termina perdiendo el eje o, al menos, queda el mismo sumamente condicionado. Los últimos trabajos en torno a los nacionalismos fueron marcando una suerte de hoja de ruta para establecer una apertura de nuevas interpretaciones. En ese sentido, la propuesta de establecer la interpretación de los nacionalismos a partir de un itinerario biográfico puede brindar un poco más de luz hacia ciertos recovecos que fueron opacados ante la generalidad de las conclusiones.

 Referencias

[1] Hobsbawm, E. (1995) Historia del siglo XX, p. 15.
[2] Obra paradigmática de entonces fue el trabajo de Cavarozzi, Marcelo, Autoritarismo y democracia, Buenos Aires, EUDEBA, 2003 (1983), también el documental de Miguel Pérez La Republica perdida (1983) refleja el mismo paradigma historiográfico.
[3] Gillespie, Richard, Los Montoneros, Soldados de Perón, Buenos Aires: Grijalbo. 1998
[4] Rock, David, La Argentina autoritaria, Buenos Aires, Ariel, 1993.
[5] Goebel, Michael, La Argentina partida, Buenos Aires, Prometeo, 2013.
[6] Quattrocchi-Woisson, Diana, Los males de la memoria. Historia y política en la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1995.
[7] Nora, Pierre, Lieux de Mémorie I: La République, París, Gallimard, 1984.
[8] Acha, Omar: “El pasado que no pasa: la Historikerstreit y algunos problemas actuales de la historiografía” en Entrepasados. Revista de historia, N° 9, 1995, pp. 113-140.
[9] Finchelstein, F. Fascismo trasatlántico. Ideología, violencia y sacralidad en Argentina y en Italia, 1919-1945. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010.
[10] Furet, Francois, El pasado de una ilusión. Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1995.
[11] Traverso, Enzo, A sangre y fuego, Buenos Aires, Prometeo, 2009, p.17.
[12] Buchbrucker, Cristián, Nacionalismo y peronismo. La Argentina en la crisis ideológica mundial (1927-1955), Buenos Aires, Sudamericana, 1987.
[13] Op. Cit, p. 308.
[14] Devoto, Fernando, Nacionalismo, fascismo y tradicionalismo en la Argentina moderna, Buenos Aires, Siglo XXI, p. XXIII.
[15] Op. Cit, p. XXIII.
[16] Uno de los trabajos que se destacan en estos últimos años tanto por asumir un posicionamiento ideológico sin descuidar el rigor metodológico, realizando un valorable aporte historiográfico es el análisis exhaustivo de Juan Godoy sobre FORJA, su origen y desarrollo. La FORJA del nacionalismo popular, Buenos Aires, Punto de Encuentro, 2015.
[17] Op. Cit. p. XII.
[18] Rock, David, La Argentina autoritaria. Los nacionalistas, su historia y su influencia en la vida pública, Buenos Aires, Ariel, 1993. En cuanto al ambicioso trabajo de Goebel, el autor cita el trabajo de Devoto en su obra aunque no atiende las particularidades de los orígenes del nacionalismo autoritario. Goebel, Michael, La Argentina partida. Nacionalismos y políticas de la historia, Buenos Aires, 2013, p. 16, 66. Una reseña crítica del mismo en Otal Landi, Ariel Julián, “Comentario bibliográfico. Goebel, Michael: La Argentina partida”, Rey Desnudo, 2016, N°8, reydesnudo.com.ar/rey-desnudo/article/download/316/286 (acceso 28 de agosto de 2016).
[19]Devoto…, p. 180.
[20] Mallimacci, F., Cucchetti, H. y Donatello, L. “Caminos sinuosos: nacionalismo y catolicismo en la Argentina Contemporánea” En Colom, F. y Rivero, A. (Edit) El altar y el trono. Ensayos sobre el catolicismo político latinoamericano, Barcelona, ANTROPHOS/UNIBIBLOS, 2006.


domingo, 6 de octubre de 2019


El catolicismo a la defensiva
Reseña sobre el trabajo de Fortunato Mallimaci, “El catolicismo argentino desde el liberalismo integral a la hegemonía militar”. En 500 años de cristianismo en la Argentina. Bs.As.; 1992

Nuestro país vive el auge  del liberalismo entre 1880 y 1910. La Argentina se abre al “mundo civilizado”, de la razón y el progreso, de mercados libres y expresiones en inglés y francés.
El catolicismo no fue insensible a esta situación. Así como en la sociedad se debatía sobre el modelo de país, las leyes apropiadas para el momento, el papel a jugar por las organizaciones obreras, las ideologías a imponer y las doctrinas a combatir, también al interior del catolicismo se mezclaban y entrecruzaban proyectos, modelos, alternativas.
Desde el Vaticano  se impulsa un proceso de concentración de fuerzas y de centralización de proyectos, haciendo eje en el proceso llamado de romanización, en lucha y conflicto con el moderno estado liberal que desde mediados y fines del siglo pasado busca tener la hegemonía total sobre lo social y concibe lo religioso, en este caso el catolicismo, “en el “ámbito de lo privado”.
El liberalismo busca ser hegemónico y penetrar en el conjunto de  la sociedad. Para ello debe ampliar su base de consenso y legitimidad que comienza a ser cuestionada por los nuevos actores sociales producto del proceso de transformación llevado adelante hasta el momento. Parte de ese proyecto implica impedir el crecimiento institucional del aparato eclesial, ya que este aparece tildado como “arcaico, atrasado, conservador”, ligado a la vieja sociedad colonial o caudillesca. El liberalismo se muestra así de manera integral.
El proceso de modernización capitalista va estructurando nuevas relaciones de producción que impulsan el surgimiento en las principales ciudades de diversos movimientos de trabajadores que, con el correr de los años se van organizando en asociaciones, federaciones, sindicatos, centrales obreras. Anarquistas y socialistas van a la cabeza en propaganda, organización y presencia entre los sectores obreros.
El catolicismo argentino desde fines del siglo XIX intentará también dar respuesta a la cuestión social.
El liberalismo, como los socialistas que llegan al parlamento o los anarquistas que luchan en las calles, comparten sobre este punto el mismo objetivo: la religión o debe ocupar el espacio de lo privado o debe desaparecer.
Sin embargo, las nuevas parroquias que se crean cuentan con el apoyo financiero de las grandes familias ligadas al sector agroexportador, especialmente a partir de sus mujeres, organizadas en Ligas y Grupos de Damas Católicas. Son ellas las que las apadrinan, las que forman las primeras asociaciones laicales. En estos casos no se está contra la religión sino se busca que su catolicismo de vida privada sea el dominante al interior del catolicismo argentino.
Los socialistas al ir ocupando puestos parlamentarios van a buscar ir eliminando la presencia católica de los lugares públicos y evitando su presencia en los sectores populares, especialmente en las ciudades. La propaganda anarquista y socialista presenta a la iglesia como aliada de patronos y hacendados.
Frente al avance arrollador del liberalismo y al hecho de que el mismo se personifique en familias, instituciones, símbolos y siendo además quien controla los resortes del Estado, existen sectores que deciden que cuanto antes se pueda conciliar con esos sectores, mejor serán las posibilidades de rearmar el aparato institucional tal cual estaba en la época de la cristiandad colonial. Catolizar las clases dominantes pasa a ser  para estos sectores un objetivo central.
Para otros sectores la urgencia pasa por tener una presencia entre las clases peligrosas. Para ello es fundamental evitar que el socialismo y el anarquismo continúen gravitando sobre las masas obreras que comienzan a organizarse en las grandes ciudades. Para combatir al socialismo, en esta línea de pensamiento, no se trata de conciliar con el liberalismo para impulsar junto a ellos políticas antisocialistas, sino de crear organizaciones de inspiración católica al interior de las propias clases explotadas que permitan a los trabajadores seguir viviendo su fe. No tienen dinero pero buscan controlar el aparato institucional a partir de su ligazón con Roma.
Se comienza a dar así “el nacimiento del movimiento católico” que tiene como objetivos centrales la “Recristianización de la sociedad” y crear un “catolicismo en toda la vida” impulsando una estrategia propia que haga del enfrentamiento con el liberalismo y el socialismo un mismo objetivo. Para ello es necesario movilizar a todo el catolicismo, en especial a los grupos más numerosos (los más humildes) no para eliminar a las clases pudientes, como afirman los socialistas, ni para actuar como legitimador del mercado, la propiedad privada o la libre competencia, como sostienen los liberales que se acercaron al catolicismo después de las primeras huelgas obreras, sino para lograr la armonía entre las clases, la búsqueda del bien común.
En 1892, los Círculos de Obreros comienzan a funcionar en Argentina inspirados por el padre Federico Grote y con la animación ya sea de obreros como de intelectuales católicos sensibilizados por la temática social. Frente al “liberal positivismo” y a la influencia del socialismo, los Círculos de Obreros buscan ganar las masas obreras para ponerlas bajo el saludable influjo de la Iglesia.
A medida que las luchas sociales se incrementaban, otros sectores sociales, comienzan a apoyar la tarea de los Círculos. La ultrasensibilidad de las clases dominantes argentinas las lleva a percibir graves amenazas sociales en huelgas o atentados terroristas individuales y a responder violentamente a todo tipo e organización autónoma o de luchas por mayor justicia social. Los Círculos son visualizados cono ejemplo de organización obrera. Los recursos financieros llegan de prominentes familias que permiten organizar y disponer de una mejor infraestructura. No se busca crear sindicatos católicos sino luchar contra socialistas y anarquistas para ganara los obreros a la causa del Reinado social de Jesucristo. Pero el fuerte anticlericalismo de los sectores obreros a principios de siglo va a dificultar esta tarea. La actividad social entre obreros y estudiantes, entre artesanos e intelectuales, debía llevar tarde o temprano, a buscar otros canales para que las propuestas desarrolladas en los Círculos fueran implementadas desde el Estado. La necesidad de organizarse en grupos, en movimientos o en partidos políticos va naciendo y creciendo. Su ser cristiano los ha llevado a descubrir la realidad social y desde allí buscan organizarse políticamente.



La expresión de las clases medias. La Unión Cívica Radical
Reseña del libro de David Rock “El Radicalismo Argentino, 1890 - 1930”

Los orígenes del partido se encuentran en la depresión económica y la oposición política a Juárez Celman del año 1890. En 1889 había surgido un grupo de oposición a este último en Buenos Aires, con el nombre de Unión Cívica de la Juventud; al año siguiente al ampliar su base de apoyo, este grupo pasó a llamarse simplemente Unión Cívica (UC).  En julio de 1890 la UC preparó una revuelta contra el presidente en la ciudad capital, que si bien no consiguió apoderarse del gobierno, obligó a aquel a dimitir. En 1891, con motivo de las relaciones que debían mantenerse con el nuevo gobierno de Carlos Pellegrini, la UC se dividió y así surgió la Unión Cívica Radical (UCR) de Além, quien en los cinco años siguientes, hasta su muerte trató infructuosamente de alcanzar el poder por la vía revolucionaria. El fracaso tanto de la UC como de los radicales estuvo determinado por el hecho de que al renunciar Juárez Celman, la fracción del PAN que respondía a Roca, y que contaba con el apoyo de Pellegrini, amplió su base política y se ganó la simpatía de la mayoría de la élite. Los partidos opositores no estaban en condiciones de contrarrestar esto apelando al apoyo popular.
                Se ha dicho con frecuencia que la revuelta de la UC en el noventa fue la primera revolución popular de la historia argentina, pero pintar las cosas de este modo puede ser engañoso. Aunque los rebeldes estaban organizados en una milicia civil, su fuerza real derivaba del apoyo que tenían por parte del ejército. El origen de la UC, de la que saldría el radicalismo un año después, no debe buscarse tanto en la movilización de sectores populares cuanto en los aludidos sectores de la elite, cuyo papel puede rastrearse en el resentimiento que alentaban contra Juárez Celman distintas facciones de la provincia de Buenos Aires debido a su exclusión de los cargos públicos y del acceso del patronazgo estatal.
El núcleo principal de la coalición estaba integrado por jóvenes universitarios, los creadores de la Unión Cívica de la Juventud. Estos no pertenecían a la clase media urbana sino a familias patricias.
Un segundo grupo integrante de la coalición estaba integrado por varias facciones dirigidas por diferentes caudillos y que controlaban la vida política en la Capital Federal y en gran parte de la provincia de Buenos Aires. Cabe distinguir dos subgrupos, uno conducido por Bartolomé Mitre, representaba a los principales exportadores y comerciantes de la ciudad de Buenos Aires; el otro por Leandro N. Além, y contaba con el apoyo de cierto número de hacendados aunque era un caudillo urbano cuya reputación política provenía de su habilidad para organizar a los votantes para las elecciones.
En tercer lugar había algunos grupos clericales a causa de ciertas disposiciones anticlericales que tomó el gobierno.
Finalmente la UC contaba con algunos adherentes entre los sectores populares de la capital, sobre todo pequeños comerciantes y dueños de talleres artesanales.
Além trató de conquistar apoyo para la coalición fuera de Buenos Aires, pero todo lo que pudieron organizar allí los revolucionarios de julio fueron pequeñas manifestaciones callejeras, quedando limitados exclusivamente a la Capital y sus inmediaciones. Su plan era apoderarse del gobierno central y luego de las provincias. Siendo tan débil el desafío planteado por la UC, la revuelta de julio fracasó, y en vez de producirse grandes cambios quedó abierto el camino para que la solución viniera por vía de un simple ajuste de la distribución del poder dentro de la élite.
En 1891 el proceso de reorganización interna de la élite estaba virtualmente concluido, todas las facciones con verdadero predicamento habían sido atraídas por el nuevo gobierno que dejó afuera a los grupos carentes de poder. Fue en ese momento cuando vio la luz la UCR: Além y sus partidarios se vieron excluidos del plan de Pellegrini y, por consiguiente forzados a continuar su búsqueda de sustento popular y de una base de masas.
En los cinco años siguientes Além se afanó en vano por conquistar apoyo popular y obtener los medios de organizar una rebelión que pudiera triunfar; pero el descontento del pueblo  continuó diluyéndose, y sus intentos de ganarse a los grupos de hacendados fuera de Buenos Aires terminaron en un virtual fracaso. En 1891 y 1893 los radicales organizaron revueltas en las provincias, pero todas ellas sucumbieron prontamente.
De manera que pese a los esfuerzos de Além, los remanentes de adhesión popular que los radicales habían heredado de la UC se diluyeron y hacia 1896 no eran más que un grupo minúsculo en el extremo del espectro político, sumado a que en Buenos Aires debió hacerle frente a su sobrino Hipólito Yrigoyen, cuyas intrigas para imponer su voluntad fueron en parte responsables de que Além se suicidara en1896.
Durante casi todo el período que se extendió entre la muerte de Além y 1905, el radicalismo perdió posiciones. Hasta 1900, los sucesos más destacados fueron, en primer lugar el surgimiento de Yrigoyen como sucesor de Além y, en segundo lugar, el hecho de que el eje central del partido volviera a situarse en la provincia de Buenos Aires. Esto fue significante porque cuando el partido comenzó a expandirse, el grupo de Buenos Aires, conducido por Yrigoyen, lo mantuvo bajo su control, incorporando poco a poco a las filiales provinciales en una organización nacional.
En la década del 90 los estudiantes rebeldes pertenecían a la clase dirigente criolla; diez años después, buena parte de ellos provenían de las familias de inmigrantes urbanos. La lucha no giraba en ese caso en torno a las relaciones entre el gobierno y la élite terrateniente bonaerense, sino en torno al acceso a las profesiones urbanas.
Las huelgas se declararon después de que los consejos directivos, que estaban constituidos por criollos resolvieron restringir el ingreso de los descendientes de inmigrantes. En los años siguientes, los estudiantes (en especial los de Buenos Aires) pasaron a constituir un importante grupo de presión urbano a favor de la adopción del sistema de gobierno representativo, con el fin de provocar cambios en las universidades.
Con estas señales, Yrigoyen comenzó, alrededor de 1903, a planear otra revuelta. Revitalizó sus contactos con las provincias y retomó la fundación de clubes partidarios. Sin embargo el disconformismo se limitaba a ciertos grupos restringidos; además de los estudiantes, el único ámbito de inquietud importante antes de 1905 se encontraba en entre los jóvenes oficiales del ejército, que buscaban acceder a posiciones de mayor rango.  Yrigoyen planeó un golpe militar con bastante apoyo estudiantil y planeó poner en la vanguardia del movimiento a un grupo de oficiales jóvenes.
Pero este intento de golpe que se concretó en febrero de 1905 fue un fiasco, poniendo de manifiesto que, si bien los radicales habían conseguido cierto apoyo militar, los altos mandos del ejército seguían adhiriendo al gobierno conservador. Tampoco logró encender a la población capitalina. Pero aunque el golpe falló, tuvo vitales efectos a largo plazo.
Entre el golpe abortado en 1905 y la ley Sáenz Peña de 1912 los radicales avanzaron a grandes pasos en el reclutamiento del favor popular. No desaparecieron sus organizaciones provinciales y locales como en las revueltas anteriores, sino que comenzaron a expandirse. En estos años quedó constituido un conjunto de dirigentes locales intermedios, en su mayoría hijos de inmigrantes; el grueso de los líderes de clase media del partido, que tendrían tanta importancia después de 1916, se afiliaron entre 1906 y 1912. La mayor parte de ellos eran profesionales urbanos universitarios. Hacia 1908 los “clubes” pasaron a llamarse “comités”.
El crecimiento del radicalismo de comienzos del siglo XX estuvo estrechamente ligado al proceso de estratificación social que concentró los grupos dirigentes de alta jerarquía en las clases medias urbanas dedicadas a las actividades terciarias. Además de los universitarios, se contaban entre los dirigentes intermedios algunos hombres de negocios que no habían tenido éxito en su actividad. Esto nos habla de la creciente tendencia de la clase media urbana a procurarse a través de la política la riqueza y posición social que cada vez le era más difícil conseguir por otros medios.
Luego de 1905 los radicales comenzaron a incrementar el volumen de su propaganda. El contenido efectivo de la doctrina y la ideología radicales era muy limitado: no pasaba de ser un ataque ecléctico y moralista a la oligarquía., a la cual se le añadía la demanda de que instaurase un gobierno representativo. Uno de los rasgos más destacados del radicalismo a partir de esta época fue su evitación de todo programa político explícito. Los radicales no apuntaban a introducir cambios en la economía del país; su objetivo era fortalecer la estructura primario-exportadora promoviendo un espíritu de cooperación entre la élite y los sectores urbanos que estaban poniendo en tela de juicio su monopolio del poder político.
La otra importante novedad que puso de manifiesto el carácter populista que el partido había adquirido hacia 1912 fue el surgimiento de Hipólito Yrigoyen como líder.
Yrigoyen ganó prestigio a partir de 1900 de una manera bastante extraña. En lugar de presentarse como un político callejero que atrae constantemente la atención pública como hizo Além, se hizo fama de figura misteriosa. En su carrera se destaca este rasgo singular, salvo en una ocasión en los 80 en que dio un discurso en público. Su estilo político consistía en el contacto personal y la negociación cara a cara, que le permitieron extender su dominio sobre la organización partidaria y crear una cadena muy eficaz de lealtades personales.
El peculiar estilo de Yrigoyen imprimió al radicalismo buena parte de de sus connotaciones morales y éticas primitivas, que le permitieron ganar adherentes en una ola de euforia emocional.
En 1912, cuando los radicales abandonaron finalmente su política de abstención y comenzaron a postular candidatos para las elecciones, la organización del partido todavía no había terminado. Si bien había dirigentes de primera y segunda categoría en zonas rurales y urbanas, el partido seguía falto de una coordinación central, y pese al prestigio de Yrigoyen tampoco tenía dirigentes que contaran con reconocimiento en todo el país. De manera que el rasgo principal del período que va de 1912 a 1916 fue la intensificación de la organización partidaria. En este aspecto la ventaja de los radicales era su vaguedad. El enfoque moral y heroico que tenían de los problemas políticos les permitió presentarse ante el electorado como un partido nacional, por encima de las distinciones regionales y de clase.
Luego de 1912 Yrigoyen se las ingenió para convertir  una confederación de grupos provinciales en una organización nacional coordinada.
En las grandes ciudades, sobre todo en Buenos Aires, surgió un sistema de “caudillos de barrio” semejante al de EE.UU. Si bien la Ley Sáenz Peña terminó con la compra lisa y llana de los votos, los radicales no tardaron en establecer un sistema de patronazgo que no era menos útil a los fines de conquistar votos.
Junto con el cura de la parroquia, el caudillo de barrio se convirtió en la figura más poderosa del vecindario y el eje al cual giraba la fuerza política y la popularidad del radicalismo.
En esta tarea colaboraban los comités, organizados según líneas geográficas y jerárquicas en diferentes lugares del país. Había un comité nacional, comités provinciales, comités de distrito y comités de barrio.
Una de las cosa que más se jactaban los radicales era que sus representantes oficiales habían sido elegidos mediante el sufragio libre de sus afiliados, con lo cual se evitaban las prácticas “personalistas” de reclutamiento por cooptación o por estatus adscripto. Sin embargo la pauta más corriente era que el comité nacional y los provinciales estuviesen dominados por terratenientes, y los locales por la clase media. En los primeros el reclutamiento se hacía casi siempre por cooptación, en los segundos, se celebraban elecciones todos los años.
La actividad del comité alcanzaba su punto culminante en época de elecciones. Amén de las tradicionales reuniones callejeras, la fijación de carteles y la distribución de panfletos, el comité se convertía en el distribuidor de dádivas a los electores.
Estos elementos notorios de manipulación desde arriba también eran evidentes en el carácter amorfo de la ideología radical, la cual estaba modulada de modo de inspirar en los grupos urbanos la adhesión a una redistribución e la riqueza, en vez de inspirarles el anhelo de un cambio novedoso y constructivo: exigía una diferente estructura institucional, la canalización de los favores oficiales en dirección a las clases medias urbanas., pero preservando el sistema social que había surgido de la economía primario exportadora.
Principalmente como consecuencia de su gran ubicuidad la UCR ganó las elecciones presidenciales de 1916. Sobre un total de 747.471 votos, obtuvo 340.802 (45%). A los fines de la composición del colegio electoral, debía nombrar al presidente de la república, los radicales fueron mayoría en la Capital, , Córdoba, Entre Ríos, Mendoza, Santiago del Estero y Tucumán; y minoría en la provincia de Buenos Aires, Catamarca, Corrientes, Jujuy, La Rioja, Salta y San Juan.

Los radicales no solo intentaron incluir en su proyecto de integración política a los grupos clase media, sino de establecer una nueva relación entre el Estado y la clase obrera urbana.
                Antes de 1916, los radicales prestaron escasa atención al problema obrero, solo se referían a él como forma de exacerbar sus quejas contra la oligarquía. La antipatía por la idea de clase fue uno de los rasgos salientes de la doctrina e ideología de la UCR, que perduró luego de 1916. Otro de los rasgos fundamentales del radicalismo en esa época fue su actitud reaccionaria contra todo lo que tuviera apariencia de socialismo.
                A juzgar por todo esto, y pese al carácter pluriclasista y coalinacional de la UCR, no había motivos para que el gobierno se preocupara por la clase obrera en la forma que lo hizo. El móvil primordial fueron sus consideraciones electoralistas y la lucha que emprendió a partir de 1916 para lograr la supremacía en el congreso. Aun cuando los obreros nativos representaran una pequeña proporción de la clase obrera en su totalidad, su voto, que les fuera concedido por la ley Sáenz Peña, era una de las llaves maestras para el control político de la Ciudad de Buenos Aires.
                En Buenos Aires, la búsqueda de apoyo obrero era asimismo un medio de poner coto al crecimiento del PS, e impedir que se expandiera más allá de la Capital.
                En las elecciones de 1916 los radicales querían tener apoyo obrero, para esto organizaron su campaña dentro de las líneas tradicionales del paternali8smo de los caudillos de barrio y la beneficencia del comité. Pese a todos sus esfuerzos no consiguieron abrir un camino decisivo para captar los votos de los obreros.
                Si los radicales querían lograr éxito en sus esfuerzos por agenciarse el voto obrero, debían ofrecer ventajas más duraderas y sustanciales que las que otorgaba la beneficencia.
                Por todo ello el gobierno se embarcó en un proyecto endiente a establecer estrechos vínculos con el movimiento sindical. En 1916, los sindicatos constituyeron un blanco evidente de su acción. En primer lugar, eran el único baluarte que quedaba contra el influjo de los socialistas entre los obreros. En segundo lugar, como institución de clase gozaban ante los propios obreros de cierta jerarquía y legitimidad, que hacía que los beneficios procedentes de él tuvieran más oportunidades de ser aceptados que los provenientes del comité. En tercer término, el movimiento sindical estaba experimentando grandes cambios; los radicales tenían pocas posibilidades de conquistar el apoyo obrero si los Anarquistas hubiesen conservado su antigua supremacía. Los Anarquistas estaban en decadencia y su ascendiente era rápidamente reemplazado por los “sindicalistas”, que poco a poco hicieron desaparecer la política antiestatal extrema de los sindicatos, que quedaron bajo el control de una corriente moderada, interesada en menos en enfrentar al Estado que en mejorar la situación económica de los trabajadores.
                Si bien los radicales contaban ahora con una estrategia para enfrentar el problema obrero, aún debían resolver la magnitud de los beneficios que habrían de acordar, a los sindicalistas les interesaban los buenos salarios y no se iban a dejar engañar por meros gestos simbólicos. Había coincidencia entre los radicales y los sindicalistas  que a nadie le interesaba la sanción de leyes, los primeros por la preferencia de una política de Laissez faire, y los segundos porque veían en estas la institucionalización  de la subordinación de los trabajadores.
                El gobierno radical no se puso indiscriminadamente del lado de los obreros sino que tendió a hacerlo cuando dicha acción podía acarrearle beneficios políticos, por lo general en forma de votos.
                Como ni los radicales ni los obreros se preocupaban demasiado por las leyes, y como el gobierno no controlaba el congreso, el contacto con los trabajadores se establecía casi exclusivamente durante las huelgas.
La participación del gobierno en las huelgas derivó de recurrir a su poder de policía para favorecer a uno u otro bando. Retirando la policía de los lugares recorridos por los piquetes, permitía a estos desarrollar una labor eficaz y, en ciertos casos, apelar al sabotaje. Esto permitía a los huelguistas estar en condiciones de manejar con efectividad su poder de negociación, y la acción estatal no les impedía obtener beneficios cuando las condiciones prevalecientes los favorecían.
                La política laboral del gobierno radical era de utilizar la policía o el ejército en favor o en contra de los huelguistas.
                Otro elemento vital de dicha política fue que se otorgó a los sindicatos un acceso y comunicación preferenciales con los agentes decisorios centrales del gobierno, ya sea Yrigoyen o sus ministros para hacer sus reclamos.
                Existía, por último, el propósito de incorporar a los sindicatos al Partido Radical, robusteciendo así, su política de alianza de clases.
                En la mayoría de los casos, todo lo que los obreros obtenían era aliento moral: en muy raras instancias el gobierno superó este estrecho marco. A veces apelaba a su influencia para hacer que se reincorporase a los huelguistas; otras veces designaba a uno de los suyos para que arbitrase en conflictos específicos, con el objeto de favorecer lo más posible a los obreros en la decisión final. Al mismo tiempo, el apoyo dado a los huelguistas estuvo lejos de ser automático; lo condicionaban estrechamente los cálculos electorales.

Como innovación podemos marcar el acceso de la clase media urbana a los cargos públicos, pero para que ésta pueda vivir del estado continúa el modelo agroexportador y el librecambio.
                Tenemos como continuidad la intervención federal a las provincias para conseguir ciertos objetivos políticos.
                Se innova en la relación entre el gobierno y la clase obrera (aunque algo tibia), en la nacionalización del petróleo, en la reforma universitaria.
                Continúa la corrupción, ahora desde los caudillos de barrio, en la represión sangrienta a los huelguistas, continúa una batalla entre la oligarquía y  los radicales desde 1890 a 1930.

viernes, 4 de octubre de 2019

Aquí les dejo la columna vertebral de la materia Historia de las Ideas en Argentina, el libro de Oscar Terán que se llama...igual. Clickeá aquí y lo descargas,

domingo, 8 de septiembre de 2019


El problema de la construcción del ser nacional y la aparición del anarquismo y el socialismo.
Extracto de la investigación "Una Escuela Para Todos. Orientación patriótica de la escuela primaria en el Centenario"
Ricardo Bulzomi 

En la primera década del siglo XX el problema de la construcción de la identidad nacional lejos estaba de ser un tema cerrado porque además del problema inmigratorio toma relevancia otro que pone en alerta a la clase dirigente, esto es la emergencia del anarquismo y el Partido Socialista.
Si bien los sectores dirigentes descansaban en el mito de que este país era una “tierra de promisión”, no había nada que justificara un malestar social, el cual, entendían que era importado por agitadores extranjeros.1 Cómo se dijo anteriormente el grueso de la inmigración se quedó en las grandes ciudades. Es verdad que existió una colonización agrícola entre 1860-70 sobre todo en Santa Fe y Entre Ríos, mientras que en Buenos Aires era un poco más complicado por los altos precios de la tierra. Según Jorge Sábato, en la década de 1880 el mercado europeo comenzó a estar al alcance de los productores de carne argentinos –gracias al frigorífico- y los terratenientes y ganaderos necesitaban mano de obra y por ello recurrían a los inmigrantes, quienes arrendaban la tierra. Sin embargo, por el aluvión inmigratorio y la mano de obra nativa no todos los recién llegados tenían posibilidades de ir al campo y mucho menos de adquirir tierras porque no existía la menor intención en el terrateniente bonaerense en subdividir sus tierras, sin contar sus altos precios.
Se puede afirmar también que en su condición de arrendatario el inmigrante agregaba otros materiales como las cosechadoras, y arados, bueyes y caballos y se hacía cargo de la totalidad del riesgo y la inversión2.
Al quedarse masivamente en las grandes ciudades, la realidad del obrero inmigrante y nativo y sus familias distaban mucho del de una tierra de promisión porque convivían con una problemática laboral donde no existía una previsión social en caso de despido, enfermedad o muerte; sumado a esto existía también una problemática habitacional, donde familias enteras tenían que compartir una pieza de conventillo y en la mayoría de los casos, sin ventilación, con las lógicas consecuencias de insalubridad para sus habitantes.
Por esta sensación –o realidad- de estar a merced de la arbitrariedad de los patrones y los dueños de los conventillos y sentirse indefensos por parte del Estado, es consecuencia lógica que hayan encontrado en estos movimientos la fuerza para hacer frente a quienes consideraban sus opresores.
Se puede decir que el anarquismo hace su aparición en la Argentina en la década de 1870. En enero de 1872 inmigrantes franceses seguidores de Marx y Engels fundan la Section Française de la Association Internationale de Travaillieurs, en forma similar se funda una italiana y una española, pero seguidoras de las ideas de Bakunin. Con el tiempo surgieron las diferencias entre ambas corrientes, imponiéndose la corriente anarquista por sobre la marxista. En 1876 se crea el Centro de Propaganda Obrera con el fin de combatir las ideas marxistas entre los trabajadores locales.
Pero es la llegada del italiano Errico Malatesta en 1885 la que ayudó a darle empuje al incipiente movimiento anarquista argentino y al anarcosindicalismo en particular. Malatesta junto a otros compañeros fundan una imprenta y el Centro de Estudios Sociales, aquí brindará una serie de charlas y conferencias, impulsará la fundación de organizaciones proletarias como la Sociedad de Resistencia Cosmopolita de Obreros Panaderos, promoverá la organización del movimiento obrero, y a la vez participará en fuertes debates y luchas ideológicas con los anarquistas individualistas3.
En Argentina, al igual que Europa y algunas ciudades de Latinoamérica el anarquismo tiene diversas corrientes y formas de entenderlo, aún hoy es así. Existió una corriente que se dedicaba a ratificar “la propaganda por el hecho”, esto es lo que produjo que al anarquista se lo vea como un terrorista individual, pero el anarcosindicalismo y su idea de huelga general y revolucionaria es la corriente que se impone entre fines del siglo XIX y comienzos del XX.
En 1901 se funda la Federación Obrera Argentina (FOA) una unión entre trabajadores anarquistas y socialistas, con la finalidad de conciliar actividades y diferencias de ambas tendencias y encaminar las diversas luchas obreras contra los patrones y el Estado4. Pero las diferentes formas de entender la lucha, por un lado más radicalizada de los anarquistas y por el otro más conciliadora y con miras de participación electoral generaron en 1902 una ruptura, formándose por el lado socialista la Unión General de los Trabajadores (UGT) y por el lado anarquista la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), agrupación que en su V congreso de 1905 proponen el Comunismo Anárquico como finalidad de su lucha. Es decir, recomiendan a sus adherentes

“…la propaganda e ilustración más amplia en el sentido de inculcar a los obreros los principios económicos y filosóficos del Comunismo Anárquico (…) Esta educación, impidiendo que se detengan en la conquista de las ocho horas, los llevará a su completa emancipación y por consiguiente a la evolución social que persigue…”5

Casi simultáneamente a la aparición del anarquismo en Argentina, en 1882 un grupo de inmigrantes alemanes fundan el club Vorwärts, con el propósito de difundir las ideas del socialismo según el programa de Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), pero no tuvo mucho éxito, solamente tuvo influencia en la colectividad alemana.
En 1886 por iniciativa de Juan B. Justo se funda el Partido Socialista Obrero Argentino, quien procuraba realizar el socialismo en la Argentina dentro el marco del sistema parlamentario, de donde nace su crítica a la huelga general.
El Partido Socialista no logra influir en el movimiento obrero, la misma UGT creada por sindicatos socialistas en oposición a la dirigencia anarquista, fue copada en 1906 por una nueva corriente llamada sindicalista.6
Como ya se dijo, todavía el tema de la identidad nacional no estaba cerrado y se le agrega la conflictividad de la emergencia de estos movimientos extraños a la cultura del país para alarmar todavía más a la élite dirigente, porque estos movimientos comienzan a calar hondo en los sectores nativos más marginados.
Por esto mismo, en la búsqueda de soluciones, la elite comienza a diseñar y a ensayar distintos planes político-educativos para poder revertir esta situación de amenazante heterogeneidad. Es decir, al sector dirigente se le tornaba imperioso argentinizar a los extranjeros, contribuir a la formación de una identidad compartida y lograr que estas masas sean gobernables. Por un lado promueven políticas represivas cómo la Ley de Residencia (de la cual hablaremos más adelante) para expulsar a los extranjeros considerados indeseables, y por otro, políticas de asimilación y es a través de la educación patriótica que encontraran la respuesta.

1 Devoto, Fernando. Historia de la Inmigración en la Argentina. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 2003. Pág. 275.

2 Sábato, Jorge. Notas sobre la formación de la clase dominante en la Argentina moderna (1880-1914).,http://abcdonline.com.ar/tea/info/M-/M-223A.pdf. [consultado el 14 de setiembre de 2014]. Pág. 40-41.
3 Acri, Martín Alberto y Cácerez, María del Carmen. La Educación Libertaria en la Argentina y en México (1861-1945). Libros de Anarres, Colección Utopía Libertaria. Buenos Aires.2011. Pág. 109-110.
4 Ibíd. Pág.119.
5 FORA. Acuerdos, Resoluciones y Declaraciones. Buenos Aires 1906. Pág.17.
6 Matsushita Hiroshi, Movimiento Obrero Argentino 1930-1945 sus proyecciones en los orígenes del peronismo. Hyspamérica. Buenos Aires, 1986. Pág. 26-27.