miércoles, 26 de agosto de 2020

 La Argentina Moderna 1880 - 1916

A partir de 1880, bajo el lema Paz y Administración, impuesto por Roca, el país entra en un proceso de modernización.

Llegan a nuestro país una ingente masa inmigratoria, principalmente de Italia y España, pero también de medio oriente, los llamados "Turcos", en realidad eran sirios, armenios, griegos pero su pasaporte decía Imperio Turco. Y también Rusos propiamente dichos y judíos de cualquier país de Europa central quienes también se los llamó de la misma manera.

Esta inmigración no era la que la élite esperaba y tarjeron consigo, nuevas ideas, otras formas de organizarse, otras formas de creer en Dios y por supuesto dejaban de lado el servilismo que esperaba la oligarquía.

Esto lo deja muy bien expresado Miguel Cané, el escritor del simpático libro Juvenilia y el redactor de la Ley de Residencia.

El pensamiento de Miguel Cané y la Generación del 80
 (Hasta 14:40)
Fuente: Oscar Terán, Historia de las ideas en la Argentina. Diez lecciones iniciales, 1810-1980, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, Capítulo 4. “Miguel Cané (h)”, págs. 109-126.
Hacia fines del siglo XIX, los procesos de modernización transforman radicalmente el panorama social, político y económico, introduciendo nuevos problemas, preocupaciones y conflictos. Si bien sabemos que, desde la esfera política, la elite que encabeza el presidente Julio A. Roca participa activamente en la puesta en marcha de estos procesos, también vemos que los discursos de algunos miembros destacados de esa elite (como Miguel Cané) revelan resistencias, dudas y vacilaciones con respecto al nuevo escenario que la modernidad despliega.
En esa década de 1880 se concluye la estructuración del estado nacional (link http://www.sociedad-estado.com.ar/wp-content/uploads/2010/01/corigliano), que ahora ostenta el monopolio de la fuerza legítima, afirmado en la derrota de las disidencias provinciales. La ciudad de Buenos Aires es federalizada, dando fin a un conflicto que había recorrido toda la breve, compleja y violenta vida nacional. Desde ese estado se sancionan las leyes laicas de educación y de registro civil, que colocan en manos estatales un control de la población hasta entonces dividido con la iglesia católica.
En el plano económico, a partir de una división internacional del trabajo que la ubicaba en el rubro productor de bienes agropecuarios, la Argentina experimentó un espectacular crecimiento. La apropiación de los territorios hasta entonces ocupados por los indígenas en la llamada “Campaña del Desierto” abrió para los vencedores un enorme territorio, sobre el cual las inversiones inglesas desplegarían una extensa red de vías férreas.
El emprendimiento llevado a cabo contra las poblaciones indígenas se apoyaba en una línea programática ampliamente compartida por las elites del mundo occidental: que las naciones viables eran aquellas dotadas de una población de raza blanca y de religión cristiana. Según los lineamientos inscriptos desde Acción de la Europa en América, Alberdi había acuñado al respecto la consigna “Somos europeos trasplantados en América”. Y como se lee en las Bases, lo guía la convicción de que en Hispanoamérica el indígena “no figura ni compone mundo”.
Hacia 1880 en la Argentina, el mensaje más inmediato que el diario oficialista La Tribuna Nacional se apresuró a difundir afirmaba que “la Argentina finalmente había entrado en una nueva era”, identificada con el arribo del progreso. Éste se materializaba en “buenas cosechas, industrias nuevas, empresas que requieren grandes capitales e ilimitada fortuna”. De tal modo, el diario repetía la moraleja de que las pasiones destructivas de la política habían sido dominadas por el desarrollo de los intereses asociados con el desarrollo económico, dado que “es el progreso material el que lleva al progreso moral, y no viceversa”.
Para el roquismo, la paz era el logro mayor del progreso económico, y con ello la política pasaba a segundo plano: “El tiempo de la política teatral ha pasado. No hay multitudes ociosas que fragüen revoluciones”, seguía proclamando La Tribuna en 1887.
Dentro de este panorama podemos preguntarnos: ¿cuáles fueron las preocupaciones dominantes en la sociedad y en el estado que llegaron a ser parte de la reflexión de los intelectuales en el período que se extiende entre 1880 y 1910? Para organizar una respuesta, comencemos por decir que se instala una determinada problemática. Ésta agrupa varias cuestiones: social, nacional, política e inmigratoria. Social, por los desafíos que planteaba el mundo del trabajo urbano. Nacional, ante el proceso de construcción de una identidad colectiva. Política, frente a la pregunta acerca de qué lugar asignarles a las masas en el interior de la “república posible”, esto es, la cuestión de la democracia. E inmigratoria, porque todos estos problemas se encontraron refractados y crispados en escala ampliada en torno de la excepcional incorporación de extranjeros a la sociedad argentina.
En cuanto a los rasgos o características centrales de la modernidad, en el terreno de la economía significó el nacimiento y la expansión planetaria del modo de producción capitalista. En lo social, la aparición de clases sociales (burguesía, proletariado, clases medias) y de un proceso novedoso: la movilidad social, o el hecho de que los individuos –a diferencia de aquellos de las sociedades premodernas– pudieran pasar por diversos sectores o clases sociales a lo largo de sus vidas. En el ámbito político, la implantación de un nuevo criterio de legitimidad: la soberanía popular.
Pero la modernidad es asimismo un formidable proceso cultural. En su seno se produce el fenómeno designado como “secularización”. Con este término se indica el carácter terrenal, intramundano de los nuevos tiempos. En la modernidad, se ha dicho, “los dioses se alejan”. Simplificando, esto podría condensarse diciendo que ya no hay milagros, es decir, que los dioses ya no intervienen en los asuntos humanos para alterar a su voluntad los hechos de este mundo. A esto se lo llama el “desencantamiento del mundo”.
Gracias a ese proceso de secularización, ocurre algo que cambiará nuestras vidas hasta el presente: el mundo se torna calculable. En verdad, toda la realidad tiende a ser mirada como algo que se puede calcular. Para esto es preciso que los dioses se hayan alejado, que ya no haya milagros… (…)
Comprenderán inmediatamente que estamos hablando nada más y nada menos que de los fundamentos mismos de la ciencia moderna, empezando por la ciencia físico-matemática inaugurada por Galileo Galilei en el siglo XVII. Esta revolución científica es la que en buena medida ha configurado el mundo moderno en el que aún vivimos. En rigor, la potencia cognoscitiva de la ciencia se asociará indisolublemente a la revolución industrial del siglo XVIII, configurando un sistema tecnocientífico.
De allí en más, podría decirse que toda la vida de los modernos se ha caracterizado por incluir el cálculo como una de las lógicas centrales de su comportamiento, de su accionar. Calcula el empresario al realizar sus inversiones, pero también el asalariado al planificar sus gastos y el joven estudiante al elegir una carrera. En suma, todo el mundo calcula, es decir, prevé el resultado de sus acciones, las orienta de manera racional, se fija una finalidad y sopesa los medios más conducentes a su realización.
Los tiempos modernos son aquella época del mundo en que lo nuevo se torna bueno. En los estratos tradicionales de una sociedad, lo nuevo, lo novedoso, es generalmente visto como malo o al menos como una amenaza a un orden ya establecido, en el que nada debe cambiar.
Por el contrario, la modernidad impulsa el cambio, al que llamará desarrollo, evolución, progreso. Con esto es la concepción misma del tiempo, de la temporalidad, lo que se ha modificado.
En cuanto al tipo de intelectual imperante en el 80, escriben a partir de una sólida posición económica obtenida en un ámbito no intelectual (son estancieros, funcionarios estatales, médicos, abogados).
Entre los integrantes intelectuales más visibles de esa llamada Generación del 80 podemos nombrar a Eduardo Wilde, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané (h) y Paul Groussac. Si buscamos sus voces comunes, podemos decir que, en términos generales, casi todos comparten un lamento tradicionalista, típico en épocas de cambios acelerados: se quejan de que el avance modernizador destruye los viejos sitios familiares y disuelve las viejas y sanas costumbres en una sociedad y una ciudad en rápida transformación. Pero estas quejas no pueden ser absolutas, ya que los miembros de la elite se hallan en una posición compleja al respecto: impulsan la modernización y al mismo tiempo lamentan algunas de sus consecuencias no queridas. Tal posición es la que le hace añorar a Vicente Quesada en Memorias de un viejo las añejas quintas y los altos cipreses desalojados por el ferrocarril, y al mismo tiempo prever que los bienes y usos europeos tarde o temprano se impondrán, para bien de la sociabilidad criolla.
José Antonio Wilde, un memorialista de la época, recuerda que antes “los niños jamás dejaban de pedir su bendición a sus padres al levantarse y al acostarse; otro tanto hacían con sus abuelos, tíos, etc. […] Esta señal de respetuosa sumisión ha desaparecido casi por completo, como otras muchas costumbres de tiempos pasados. Creemos que aún subsiste en algunos pueblos de las provincias argentinas”. Fíjense que aquí la añoranza por el pasado se relaciona con un tiempo en el que aún el igualitarismo (o la democracia como igualdad social) no había erosionado la “deferencia”. (Deferencia es el reconocimiento y expresión por parte de “los de abajo” de una jerarquía social superior.)
(…)
Hay evocaciones melancólicas de los viejos sitios que ahora “la piqueta del progreso” está destruyendo. En efecto, en esas décadas la ciudad de Buenos Aires, con la intendencia de Torcuato de Alvear, se encuentra sometida a una serie de profundas reformas urbanas que alteran entre otros sitios su zona histórica, de la Plaza de Mayo hacia el Congreso. Buenos Aires, según otro título emblemático de la época, está dejando de ser “la gran aldea” pintada por Lucio V. López para convertirse en una gran ciudad. Justamente, la ciudad entendida como artefacto promotor y efecto de la modernización.
Esos y otros tópicos característicos de esta generación político-intelectual se encuentran en Miguel Cané (h), uno de los más representativos de su grupo y un miembro relevante de la clase dirigente. Cané posee un linaje que lo conecta con el patriciado y con el exilio antirrosista, e inició su carrera de escritor en los diarios La Tribuna y El Nacional. De allí en más protagonizó una carrera típica entre los miembros de su grupo: director general de Correos y Telégrafos, diputado; ministro plenipotenciario en Colombia, Austria, Alemania, España y Francia; intendente de Buenos Aires, ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.
Su visión de la realidad argentina había comenzado siendo celebratoria. En 1882 escribe que ningún extranjero podía creer “al encontrarse en el seno de la culta Buenos Aires, en medio de la actividad febril del comercio y de todos los halagos del arte, que en 1820 los caudillos semibárbaros ataban sus potros en las rejas de la plaza de Mayo”. Sin embargo, progresivamente sus escritos se colman de preocupaciones nacidas de algunos aspectos de los nuevos tiempos: la modernidad. Es preciso decir que ciertas críticas están íntimamente ligadas a la crisis financiera de 1890, cuando dentro de la clase dirigente nacen o se refuerzan algunas prevenciones sobre el proceso modernizador.
Dicha crisis fue interpretada como la realización de la profecía sobre las consecuencias negativas del ansia de enriquecimiento a toda costa.
El viejo Sarmiento ya había alertado en su momento acerca de este mal, y lo había colocado dentro de una contradicción que se tornará convincente: una sociedad que tiene al dinero como aspiración fundamental es incompatible con la construcción de una república, porque el predominio del afán de riquezas sólo puede generar “un país sin ciudadanos”. Eso puede decirse de otra manera: la crisis de 1890 demostraba que las pasiones del mercado habían predominado sobre las virtudes cívicas y erosionaban los sentimientos de pertenencia a una comunidad.
También para Cané el consumo ostentoso era el síntoma de haberse extraviado el rumbo. En Notas e impresiones escribió: “La marcha vertiginosa del país, la alegría de la vida, la abundancia de placeres, la improvisación rápida de fortunas, habían incandecido la atmósfera social. Las mujeres pedían trapos lujosos, coches y palcos, los hijos jugaban a las carreras y en los clubs; y el pobre padre, de escasos recursos, cedía a la tentación de hacer gozar a los suyos y caía en manos del corruptor que husmeaba sus pasos”.
Tampoco es casual que en esas narrativas aparezcan pronunciamientos xenófobos y racistas, y no lo es porque algunos de los “males” de la modernización fueron vistos desde la clase dirigente como producto de la presencia masiva de extranjeros, es decir, como producto del proceso inmigratorio. De allí que alrededor de este proceso se reunieran, armando un paquete, los demás problemas o cuestiones que mencioné al principio de esta lección: social, político y, ahora, el problema nacional. ¿Por qué? Porque la crisis del 90, leída como producto del afán especulativo, revelaba una ausencia de civismo que fue atribuida a una presencia excesiva de extranjeros. Y si esto era así, la solución pasaba por desplegar a rajatabla un proceso de nacionalización de esas masas de extranjeros, un proceso destinado a definir e imponer una identidad nacional.
La Argentina terminó siendo el país del mundo que absorbió la mayor cantidad de población extranjera en relación con su población nativa.  Por razones de oportunidades laborales, fundadas a su vez en características estructurales de la economía argentina, tales como el régimen latifundista de apropiación de la tierra, la mayoría de los recién llegados se ubicó en las zonas litorales, y dentro de ellas, en Rosario y Buenos Aires en especial.
El censo de 1895 mostró que más de la mitad de los habitantes de la ciudad de Buenos Aires eran en su mayoría italianos y españoles, y estas cifras trepaban a una proporción de cinco inmigrantes por cada nativo cuando se tomaba el segmento de los varones adultos. De manera que podemos imaginar que en algunos ámbitos de encuentro y sociabilidad como bares y cafés, por cierto dentro de una sociedad androcrática o machista, donde los varones ocupan esos espacios públicos y dan el tinte de la vida social, sólo una de cada cinco personas era nativa.
Por fin, lejos de adoptar la posición pasiva que desde la mirada de la dirigencia muchas veces se les adjudicaba, los inmigrantes tuvieron una activa participación sindical y política pero también económica. Según Gerchunoff y Llach, “pronto dominaron el comercio y la industria: en 1914 casi un 70 % de los empresarios comerciales e industriales habían nacido fuera de la Argentina”.
Estos datos están hablando de la debilidad de la sociedad receptora. De allí que también aquí el papel integrador y nacionalizador quedó fundamentalmente en manos del estado, aun cuando se observan iniciativas en igual dirección encaradas por instituciones y asociaciones de la sociedad civil. Dentro de ese papel estatal, los intelectuales encontraron un espacio privilegiado de intervención. Ese espacio privilegiado se les abrió porque el proceso de nacionalización de las masas requiere obviamente tener definida una identidad nacional. Y ocurre que esa respuesta no estaba aún elaborada. Como esa elaboración es un proceso fundamentalmente simbólico, aquí el oficio de los intelectuales, sus destrezas y saberes, resultaron absolutamente necesarios.
Retornando a Cané, verificamos que el autor de Juvenilia encuentra motivos para alimentar su angustia al contemplar ya no a los inmigrantes civilizados previstos por Alberdi, sino a –dice– “una masa adventicia, salida en su inmensa mayoría de aldeas incultas o de serranías salvajes”.
Era una queja que ya había entonado tempranamente nada menos que el propio Alberdi. En un apéndice de 1873 a las Bases, y refiriéndose a su famosa consigna, aclara que “gobernar es poblar” si se educa y civiliza como ha sucedido en los Estados Unidos, pero que “poblar es apestar, corromper, degenerar, envenenar un país cuando en vez de poblarlo con la flor de la población trabajadora de la Europa, se le puebla con la basura de la Europa atrasada o menos culta”. También es la presencia de extranjeros lo que le hace opinar a Lucio V. Mansilla que “Buenos Aires se va haciendo una ciudad inhabitable”, y a Lucio V. López determinar que es en la Argentina “donde el mal gusto que elimina la Europa encuentra, falto de crítica, amplio refugio”. Daban cuenta así del hecho muy conocido de que la inmigración que realmente llegaba a las playas argentinas no era la anglosajona proveniente del norte europeo, sino sobre todo la que venía del sudeste europeo, especialmente compuesta por italianos y españoles.
A este pecado de origen, a los ojos de la elite la inmigración le sumaba una doble actitud considerada negativa: por una parte, era ínfima la cantidad de extranjeros que tramitaban la nacionalidad argentina, casi seguramente porque al no haber ley de doble nacionalidad debían renunciar a la propia. Pero junto con ello revelaban una actitud de participación y penetración en actividades y prácticas de los nativos. En otras palabras, lejos de mantenerse en una actitud pasiva, revelaban una presencia expansiva en la nueva sociedad. De allí que una imagen repetida una y otra vez en los textos de la clase dirigente sea la de la invasión, la de “la marea” –dirá Cané– que todo lo invade. Era la misma imagen marina que seguía apareciendo en el discurso de Lucio V. López de 1891 en la ceremonia de graduación de la Facultad de Derecho: “Lo sé: nosotros los contemporáneos vemos la ola invasora que nos anuncia la inundación por todas partes”. Del mismo modo, Emilio Daireaux en Vida y costumbres en el Plata, de 1888, preveía que, si la proporción de extranjeros aumentaba, “la población indígena, anegada por esta formidable oleada, bajo esta invasión de bárbaros armados de palas, vería completamente en peligro su influencia política y directriz”.
Pero para Cané la “invasión” amenazaba con penetrar hasta los círculos más íntimos y aun familiares de la elite.
Temor entonces ante el ascenso social de los extranjeros, pero también problemas en el otro extremo de la pirámide social para las clases dirigentes y poseedoras, porque dentro del mundo del trabajo existían inmigrantes que adherían a ideologías socialistas y anarquistas que aquellas consideraban injustificables en un país como la Argentina, donde –decían– no tenían cabida la proclamación de la lucha de clases ni el activismo político y sindical de izquierda. Mucho más cuando dentro del movimiento anarquista se manifestaron tendencias proclives a lo que se llamó la “propaganda por los hechos”, con lo cual se designaba una práctica de corte violento como el asesinato del coronel Falcón, jefe de la Policía Federal, a manos del inmigrante anarquista Simón Radowitzky.

lunes, 18 de mayo de 2020

Lecturas...

Martín Fierro                                José Hernández
(fragmentos)

Mi gala en las pulperías
Era, en habiendo mas gente,
ponerme medio caliente,
Pues cuando puntiao me encuentro
Me salen coplas de adentro
como agua de la virtiente.

Cantando estaba una vez
En una gran diversión,
Y aprovecho la ocasión
Como quiso el Juez de Paz...
Se presentó, y ahi nomás
Hizo arriada en montón.

Juyeron los más matreros
Y lograron escapar:
Yo no quise disparar,
Soy manso y no había porqué,
Muy tranquilo me quedé
Y ansi me dejé agarrar

Ni los mirones salvaron
De esa arriada de mi flor,
Fué acoyarao el cantor
Con el gringo de la mona,
A uno solo, por favor,
Logró salvar la patrona.

Formaron un contingente
Con los que del baile arriaron,
Con otros nos mesturaron,
Que habían agarrao también,
Las cosas que aquí se ven
Ni los diablos las pensaron.

A mí el Juez me tomó entre ojos
En la ultima votación:
Me le había hecho el remolón
Y no me arrimé ese día,
Y él dijo que yo servía
A los de la esposición.

Y ansí sufrí ese castigo
Tal vez por culpas ajenas,
Que sean malas o sean güenas
Las listas, siempre me escondo:
Yo soy un gaucho redondo
Y esas cosas no me enllenan.

Al mandarnos nos hicieron
Mas promesas que a un altar,
El Juez nos jué a proclamar
Y nos dijo muchas veces:
Muchachos, a los seis meses
Los van a ir a relevar.

De los pobres que allí había
A ninguno lo largaron,
Los más viejos rezongaron,
Pero a uno que se quejó
En seguida lo estaquiaron,
Y la cosa se acabó.

A naides le dieron armas,
Pues toditas las que había
El Coronel las tenía,
Sigun dijo esa ocasión,
Pa repartirlas el día
En que hubiera una invasión.
Al principio nos dejaron
De haraganes criando sebo,
Pero después... no me atrevo
A decir lo que pasaba...
!Barajo!... si nos trataban
Como se trata a malevos.

Porque todo era jugarle
Por los lomos con la espada,
Y aunque usté no hiciera nada,
Lo mesmito que en palermo,
Le daban cada cepiada
Que lo dejaban enfermo.

¡Y que indios, ni que servicio;
Si allí no había ni cuartel!
Nos mandaba el Coronel
A trabajar en sus chacras,
Y dejábamos las vacas
que las llevara el infiel.

Más de un año nos tuvieron
En esos trabajos duros;
Y los indios, le asiguro
Dentraban cuando querían:
Como no los perseguían,
Siempre andaban sin apuro.

Aquello no era servicio
Ni defender la frontera;
Aquello era ratonera
En que sólo gana el juerte:
Era jugar a la suerte
Con una taba culera.

Allí tuito va al revés;
Los milicos son los piones,
Y andan en las poblaciones
Emprestaos pa trabajar;
Los rejuntan pa peliar
Cundo entran indios ladrones.

Yo he visto en esa milonga
Muchos Jefes con estancia,
Y piones en abundancia,
Y majadas y rodeos;
He visto negocios feos
A pesar de mi inorancia.

Y colijo que no quieren
La barunda componer;              
Para eso no ha de tener,
El Jefe que esté de estable,
Mas que su poncho y su sable,
Su caballo y su deber.

Ansina, pues, conociendo
Que aquel mal no tiene cura,
Que tal vez mi sepoltura
Si me quedo iba a encontrar,
Pensé mandarme mudar
Como cosa más sigura.  

********************************************************************************
Una Excursión a los indios Ranqueles                                                                Lucio V. Mansilla
(fragmento)

Oigamos discurrir a los bárbaros. Conversando un día con Mariano Rosas, yo hablé así: -Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y harán en adelante cuanto puedan, por los indios.
Su contestación fue con visible expresión de ironía: -Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana pueden matarnos a todos, nos matarán. Nos han enseñado a usar ponchos finos, a tomar mate, a fumar, a comer azúcar, a beber vino, a usar bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni a trabajar, ni nos han hecho conocer a su Dios. Y entonces, hermano, ¿qué servicios les debemos?
Yo habría deseado que Sócrates hubiese estado dentro de mí en aquel momento a ver qué contestaba con toda su sabiduría. Por mi parte, hice acto de conciencia y callé... Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según lo entendía.
Pero mi conducta personal no podía ni debía ser un argumento contra las humillantes objeciones del bárbaro.
No me cansaré de repetirlo: No hay peor mal que la civilización sin clemencia. Es el gran reproche que un historiador famoso le ha dirigido a su propio país, censurando su política en la India como conquistador

Los ranqueles derivan de los araucanos, con los que mantienen relaciones de parentesco y amistad. Tienen la frente algo estrecha, los juanetes salientes, la nariz corta y achatada, la boca grande, los labios gruesos, los ojos sensiblemente deprimidos en el ángulo externo, los cabellos abundantes y cerdosos, la barba y el bigote ralo; los órganos del oído y de la vista más desarrollados que los nuestros, la tez cobriza, a veces blancoamarillenta, la talla mediana, las espaldas anchas, los miembros fornidos. Pero estos caracteres físicos van desapareciendo a medida que se cruzan con nuestra raza, ganando en estatura, en elegancia de formas, en blancura y hasta en sagacidad y actividad. En una palabra, los ranqueles son una raza sólida, sana, bien constituida, sin esa persistencia semítica , que aleja a otras razas de toda tendencia a cruzarse y mezclarse, como lo prueba su predilección por nuestras mujeres, en las que hallan más belleza que en las indias, observación que podría inducir a sostener que el sentimiento estético es universal. Conversando con un indio, cambiamos estas palabras: -¿Qué te gusta más, una china o una cristiana? -Una cristiana, pues. -¿Y por qué? -Ese cristiana, más blanco, más alto, más pelo fino, ese cristiana más lindo.

La conquista pacífica de los ranqueles, cuya fisonomía física y moral conocemos ya, para absorberlos y refundirlos, por decirlo así, en el molde criollo, ¿sería un bien o un mal? En el día parece ser un punto fuera de disputa, que la fusión de las razas mejora las condiciones de la humanidad.
Cuando nuestros primeros padres los españoles llegaron a América, ¿qué mujeres traían? ¿El gobierno de la Metrópoli hizo con sus colonias lo que los gobiernos de Francia e Inglaterra hicieron con las suyas? ¿Mandó a ellas cargamentos de prostitutas? ¿No tuvieron los conquistadores que casarse con mujeres indígenas, entroncando recién entre sí, pasada la primera generación? Y entonces, si es así, todos los americanos tenemos sangre de indio en las venas, ¿por qué ese grito constante de exterminio contra los bárbaros?
Los hechos que se han observado sobre la constitución física y las facultades intelectuales y morales de ciertas razas, son demasiado aislados para sacar de ellos consecuencias generales, cuando se trata de condenar poblaciones enteras a la muerte o la barbarie.
¿Quién puede decir cuál es el punto donde se ha de detener una raza por efecto de su propia naturaleza? ¿Cuál es el orden de verdades al alcance de ciertas razas, vedadas para otras? ¿Cuál es la clase de operaciones practicables para los órganos de tal pueblo, que no conseguirá jamás practicar otro? ¿Cuáles son las virtudes propias de tal o cual organización? ¿La frenología ha pronunciado acaso su última palabra? ¿Entre las razas reputadas más perfectibles, no se hallan naciones tan bárbaras, tan esclavas y viciosas como en las demás? Nos horrorizamos de que entre los ranqueles se vendan las mujeres, y de que nos traigan terribles malones para cautivar y apropiarse las nuestras.
¿Y entre los hebreos, en tiempo de los Patriarcas, el esposo no le pagaba al padre el mohar o precio de la hija?
¿Y entre los árabes la viuda no constituía parte de la herencia o de los bienes que dejaba el difunto? ¿Y en Roma, no existía el coemptio , es decir, la compra y el usus , o sea la posesión de la mujer? ¿Y en Germania, como lo muestra la Ley Sajona, no existían el mundium , y costumbres análogas? ¿Y los visigodos, no tenían las arras , especie de precio nupcial, que reemplazaba la compra pura y simple, recordando la vieja usanza?
¿Y los francos, no pagaban el valor de las esposas a los padres, que éstos dividían con aquéllas?
Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización a que llegará cada raza: y si hay alguna teoría calculada para justificar el despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica. Las calamidades que afligen a la humanidad nacen de los odios de razas, de las preocupaciones inveteradas, de la falta de benevolencia y de amor. Por eso el medio más eficaz de extinguir la antipatía que suele observarse entre ciertas razas en los países donde los privilegios han creado dos clases sociales, una de opresores y otra de oprimidos, ES LA JUSTICIA. Pero esta palabra seguirá siendo un nombre vano, mientras al lado de la declaración de que todos los hombres son iguales, se produzca el hecho irritante, de que los mismos servicios y las mismas virtudes no merecen las mismas recompensas, que los mismos vicios y los mismos delitos no son igualmente castigados.
Por más que galopé tuve que dormir otra noche en el camino. Al día siguiente, temprano, llegaba a orillas del Río Quinto. Había andado doscientas cincuenta leguas, había visto un mundo desconocido y había soñado... Las galas de abril embellecían el verde panorama de la Villa de Mercedes, donde los esbeltos álamos y los melancólicos sauces llorones crecen frondosos a millares. El día estaba en calma, mi alma alegre.
Reímos sin inquietud cuando debiéramos estar taciturnos o gemir. ¡Somos unos insensatos! Y cuando tenemos un momento lúcido es para exclamar amargamente: ¡ay! ... Yo amo, sin embargo, el dolor y hasta el remordimiento, porque me devuelve la conciencia de mí mismo.



LA ESTRUCTURA DE PODER EN LAS TRIBUS AMIGAS DE LA PROVINCIA DE BUENOS AIRES (1830-1850) * Silvia Ratto

Pueblos Indígenas y Migraciones en la pampa - AA/VV pág. 18 a 29

El "comunismo" en Jujuy: ideología y acción de los campesinos indígenas de la puna en la segunda mitad del siglo XIX - Gustavo L. Paz

RESISTENCIA A LA OBLIGACIÓN DE ARMARSE. RECLUTAMIENTO Y SERVICIO MILICIANO EN LA GUARDIA NACIONAL DE FRONTERA, BUENOS AIRES 1852-1879 - Leonardo Canciani*-

"Gauchos" "Montoneros" y "Montoneras" - Ariel de la Fuente

jueves, 14 de mayo de 2020

Pensando a la población de la nueva nación

Después de la caída de Rosas la controversia Unitarios-Federales se vuelca a favor de una organización nacional de corte federal...pero federalismo a la latinoamericana.
Las guerras civiles continuaran por un tiempo más, mientras tanto los pensadores más emblemáticos de la generación del 37 son los encargados de pensar esa organización, también con sus diferencias.
Después de ver "Civilización y Barbarie" aquí dejamos las ideas de Juan Bautista Alberdi y Domingo Faustino Sarmiento de como llevar al pueblo hacia la civilización.


Belgrano, Bolívar, Egaña y Rivadavia comprendieron desde su tiempo que sólo por medio de la educación conseguirían algún día estos pueblos hacerse merecedores de la forma de gobierno que la necesidad les impuso anticipadamente. Ellos confundieron la educación con la instrucción, el género con la especie (…) Ellos no vieron que nuestros pueblos nacientes estaban en el caso de hacerse, de formarse, antes de instruirse, y que si la instrucción es el medio de cultura de los pueblos ya desenvueltos, la educación por medio(...)

La instrucción primaria dada al pueblo más bien fue perniciosa. ¿De qué sirvió al hombre del pueblo el saber leer? De motivo para verse ingerido como instrumento en la gestión de la vida política, que no conocía; para instruirse en el veneno de la prensa electoral, que contamina y destruye en vez de ilustrar; para leer insultos, injurias, sofismas y proclamas de incendio, lo único que pica y estimula su curiosidad inculta y grosera. No pretendo que deba negarse al pueblo la instrucción primaria, sino que es un medio impotente de mejoramiento comparado con otros, que se han desatendido

Poblar es educar, mejorar, civilizar, enriquecer y engrandecer espontánea y rápidamente(…)Mas para civilizar por medio de la población es preciso hacerlo con poblaciones civilizadas; para educar a nuestra América en la libertad y en la industria es preciso poblarla con poblaciones de la Europa más adelantada en libertad y en industria”.
Juan Bautista Alberdi . Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina.
--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
(...)Nace la obligación de todo gobierno a proveer de educación a las generaciones venideras, ya que no puede compeler a todos los individuos de la presente a recibir la preparación intelectual que supone el ejercicio de los derechos que le están atribuidos (…)Un padre pobre no puede ser responsable de la educación de sus hijos; pero la sociedad en masa tiene interés vital en asegurarse de que todos los individuos que han de venir con el tiempo a formar la nación, hayan por la educación recibida en su infancia, preparándose suficientemente para desempeñar las funciones sociales a que serán llamados.1


El poder, la riqueza, y la fuerza de una nación dependen de la capacidad industrial, moral, e intelectual de los individuos que la componen; y la educación pública no debe tener otro fin que el aumentar estas fuerzas de producción, de acción y de dirección, aumentando cada vez más el número de individuos que las posean. La dignidad del Estado, la gloria de una nación no pueden ya cifrarse, pues, sino en la dignidad de condición de sus súbditos; y esta dignidad no puede obtenerse, sino elevando el carácter moral, desarrollando la inteligencia, y predisponiéndola a la acción ordenada y legítima de todas las facultades del hombre.
Domingo Faustino Sarmiento. De la Educación Popular. 



******************************************************************************

ACTORES SOCIALES ENTRE 1862 Y 1880

Formación de un mercado de trabajo libre en el proceso de integración al mercado mundial.

Reseña del texto de  Hilda Sábato "Trabajar para vivir o vivir para trabajar: empleo ocasional y escasez de mano de obra en Buenos Aires, ciudad y campaña. 1850-1880"

En el marco de la incorporación al mercado como país productor de lana y de la escasez de mano de obra caracterizada por la abundancia de trabajadores ocasionales de baja calificación y poca estabilidad se construye un mercado de trabajo que ofrece empleo ocasional. Así tanto el mercado como la cultura se entrelazan en la formación de un mercado de trabajo ocasional.
Ya desde el plan Rivadaviano existe una política de disciplinamiento llevada a cabo desde el Estado, política bastante ineficiente ya que las posibilidades alternativas de subsistencia y la escasez de brazos le permitieron al habitante - gaucho, campesino, peón- libertad de elección. Por lo que en la década del '70 se deciden abolir las medidas de coerción menos el reclutamiento forzoso.
Por otro lado el mercado perseguía organizar una oferta de fuerza de trabajo disciplinada y acostumbrada al empleo regular pero no aseguraba que el empleo fuera estable ya que la "producción de lana exigía, por una parte, provisión regular de brazos que debían adaptarse a los nuevos requerimientos de disciplina y control de la estancia ovina, y por otra una dotación de miles de trabajadores ocasionales que se ocupaban sólo en la temporada de esquila" .
El empleo ocasional se extendía a la ciudad en el momento de la exportación (fletes, barracas, hoteles). Lo cíclico del empleo también afectaba a las obras públicas las que se emprendían en momentos de expansión y se abandonaban en momentos de crisis (ferrocarriles, obras de salubridad de Buenos Aires).
Estas condiciones de inestabilidad del mercado de trabajo posibilitaron que el sector autónomo haya funcionado como reserva de mano de obra y su misma existencia y expansión habrían sido una consecuencia del crecimiento del sector capitalista.

En la década del '70 se da a nivel nacional y provincial un fuerte debate sobre el uso de la coerción para obtener mano de obra debido a que, si bien no existe una protesta social organizada por las características descriptas, hay manifestaciones de oposición a la política oficial de estimular la inmigración y desatender la mano de obra nativa.Ver aquí
El periódico se ha constituido en el defensor de los derechos desconocidos y violentados del habitante de la campaña.
En el Martín Fierro (la Ida) José Hernández denuncia los excesos cometidos por el Estado en la frontera representado en la figura del juez de paz.
Defensor del gaucho como la mano de obra adecuada para la tarea rural ve concretadas sus propuestas cuando se hace la Campaña al Desierto y se organiza el reclutamiento regular dejando de lado la leva forzosa, por ello empieza a escribir La Vuelta en la que aconseja obedecer la ley.

El primero de enero de 1872 se produjeron los Hechos de Tandil en los que un grupo de gauchos convocados por un curandero conocido con el nombre de Tata Dios arremetió y mató a treinta y seis inmigrantes de diversas nacionalidades. Si bien Jerónimo de Solané (Tata Dios) fue tomado preso el 5 de enero murió en la cárcel por lo que nunca se llegó a conocer su testimonio.

En el resto de las provincias resulta difícil construir las posibilidades de trabajo en economías de subsistencia. Para los habitantes de los pequeños pueblos de agricultores de La Rioja el alistarse en las montoneras les permitía: acceder a la carne y a la ropa. La necesidad de trabajo lo lleva a reclutarse dentro de las fuerzas unitarias, a las que terminan denostando cuando no les pagan diciendo "soy hombre del Chacho"(Ariel de la Fuente)
Los integrantes de las montoneras no eran marginales ni profesionales de las luchas partidarias, por el contrario, la presencia de labradores, artesanos y trabajadores que llevaban una vida estable sugiere que las montoneras era una de las formas que tomaban las luchas partidarias y uno de los modos que los gauchos participaban en política.
Tampoco eran la expresión de una democracia bárbara ya que había jerarquías y disciplina militar. Una de las motivaciones principales de integrarse a una montonera era cubrir la necesidad material de carne, ropa y dinero pero esto no significa un vacío ideológico, había con el caudillo identificación cultural y personal.

Hasta el momento nos referimos a actores sociales que actuaban en forma individual y cuando lo hicieron en conjunto fueron movilizados desde afuera.
El caso de La protesta de La Puna, estudio hecho por Gustavo Paz, tiene un carácter distinto: es comuntario y está basada en una resistencia étnica-cultural constante que en 1874 devino en rebelión por la acción de agentes externos: gobierno provincial y Estado nacional.

*********************************************************************************

La cuestión indígena

Este trabajo trata sobre las etnias indígenas de la pampa húmeda y la región patagónica y su relación con los criollos.
 Desde la Tradición al Revisionismo Histórico se ve al mundo criollo y al mundo indígena como dos mundos separados. Mundo que estaba relacionado antes de la Revolución de Mayo, después parece que cada uno toma su rumbo.
Desde la perspectiva de la historiografía liberal la civilización arrasa con la barbarie; desde el revisionismo, este estado nacional elitista logra arrasar con las comunidades indígenas.

La realidad es que nunca se cortaron las relaciones entre los dos mundos (hispano criollo – indios y estado nacional- indios, para comprender esto debemos replantear la idea de frontera interna e internacional. La frontera fue una zona de intercambios donde los indios tomaron cosas de los cristianos (caballo, espuelas, vicios) y los cristianos comerciaban y también los reclutaban para sus guerras.

Los indígenas en la 1º década del siglo XIX son incorporados políticamente, la cosa cambia después de 1810, porque en el ámbito de lo que sería la República Argentina, los patriotas de primera hora tanto en las primeras juntas como en la Asamblea del año XIII no hacen mención a los indígenas pampeanos como habitantes del país. Tampoco se alude al territorio que ellos ocuopan como parte del territorio nacional. Las proclamas de la 1º Junta como los de la Asamblea se tradujeron al quechua, aymara y guaraní solamente.
De todas formas a los indígenas no le importaban mucho estas cuestiones mientras se siguiera gobernando en nombre del rey con quien habían hecho alianzas que reconocían su autonomía en Chile desde 1641 y esta nueva república en las pampas en 1790. Esta situación de autonomía construida por indios y españoles es la que no reconocieron los primeros gobiernos patrios en ambos lados de la cordillera, es más, en Buenos Aires comenzaron los proyectos oficiales de expansión sobre las tierras indias apenas instalada la Primera Juntai. Aparece el conflicto, aparece el malón y se comienza a delimitar la frontera: Dolores 1817; Tandil 1823. 

Hay que tener en cuenta que que el mundo indígena no es homogéneo, llegan grupos del lado chileno al mando del Lonco Catriel que van a establecer alianzas para defender la provincia y para solucionar la falta de mano de obra. Si bien los negocios eran pacíficos nunca cesaron las expediciones a territorios indígenas y se concertaban sitios de intercambio.

Rivadavia deja la negociación y envía al general Rauch a combatir a los indios, esta política la mantiene Manuel Dorrego. Los indígenas pierden autonomía política y se ponen nuevos puestos de frontera para controlarlos 25 de mayo, Laguna Blanca, Bahía Blanca, en zona sur se logra mantener cierto equilibrio que no se logra en zona norte. En San Nicolás hay ataques indígenas y esto se debe a la llegada de los grupos del otro lado de la cordillera que defienden a los realista aun ya terminada la guerra de la independencia en el Río de la Plata, eran grupos Ranqueles aliados de los Araucanos.

Durante la guerra civil entre unitarios y federales también hay una lucha para ganarse a los pueblos originarios para su causa. Ya en 1830 los federales estaban identificados con el indio abstracto como símbolo de la nacionalidad que se estaba construyendo y tenían una relación tanto amistosa como conflictiva.
Los unitarios conservaban una distancia social y cultural mayor, para ellos todo indígena era un “salvaje” sin valor alguno, pero las circunstancias forzaron la conciencia “civilizada” de los unitarios e hicieron que también se acercaran y trataran de usar las fuerzas indígenas contra los federales.
La relación entre los cristianos y los indígenas era de amistad y conflicto que se manejaban por medio del lenguaraz blancos que viven entre los indios y conocen ambas lenguas. Los indígenas soberanos eran muy fácil de movilizar, su alta motivación más allá que se unan a tal o cual causa era al final contra todos los cristianos, tenían una política de sacar provecho de toda situación conflictiva entre los criollos y, a veces, sus necesidades resueltas por una sociedad con más recursos que las de ellos, hacía esa tarea relativamente fácil. Pero sus técnicas, sus motivaciones más profundas, sus decisiones y juicios sobre lo que más les convenía eran difíciles de cambiar y controlar aún para los más hábiles líderes criollos.
Por ejemplo, con Rosas, los indios siguiendo al gaucho Molina, lenguaraz, logran apoderarse de todos los caballos y ganado de los unitarios y también de estancieros extranjeros. Si bien apoyan a Rosas no lo obedecen fielmente, porque también atacan sus estancias. Es una situación confusa donde se dan momentos de negociación y momentos en que se niegan. Rosas al emprender su “campaña al desierto” lo hace con el plan de negociar, hacer que los indios se queden en paz a cambio de la obtención de vicios (yerba, tabaco, alcohol) cuando mengua el suministro vuelve el malón.

En la década del 50 ya sin Rosas al Estado de Buenos Aires se le plantea la necesidad de buscar una solución al tema, sin embargo se sigue acudiendo a la rivalidad entre las comunidades para asociarlas al nuevo conflicto Buenos Aires-Confederación.
Cuando Asume Mitre como presidente se plantea la ocupación del territorio, pero primero tiene el plan de derrotar a los caudillos federales de La Rioja y Catamarca y hacerse cargo de la Guerra contra Paraguay.
Durante la presidencia de Sarmiento, preocupa más la cuestión chilena que los indígenas en sí mismos. A los indígenas se los ve como parte del proyecto chileno, sobre todo porque la economía chilena de la Patagonia gira en torno al crecimiento cerealero de Chile que a la relación con el Estado Argentino.
Cuando asume Nicolás Avellaneda incorpora a Adolfo Alsina como ministro de guerra. Alsina propone para solucionar la cuestión indígena trazar una zanja que vaya desde Río IV hasta Bahía Blanca e instalar una línea de fortines. El objetivo era evitar el robo de ganado, hacer sucesivas zanjas y a medida que se avanza incorporar al indígena al Estado y al que se opone hacerle la guerra. Se incorporaría sus tierras para el cultivo y mano de obra, no estaba la idea de eliminación. Leer aquí para ampliar (pg. 16 a 23)
Alsina fallece el 29 de diciembre de 1877 y en su lugar asume Julio A.Roca.

Roca propone como proyecto modernizador la ocupación efectiva del territorio en base a dos principios el capital y la propiedad privada. El Estado necesita comprar tecnología y armas y para conseguir el capital para hacerlo pone a disposición -en venta- las tierras a conquistar, es decir se venden tierras para la producción de materias primas antes de que se conquiste (la compran inversores) incorporando la propiedad privada.
Roca logra en 1789 hacer efectiva la ocupación la ocupación de la confluencia de los ríos Neuquén y Limay, y hasta el año 85 continúan las campañas para incorporar el resto de la Patagonia.


iBELCHIS, Martha, Fuerzas indígenas en la política criolla del siglo XIX, en CAUDILLISMOS RIOPLATENSES, nuevas miradas a un viejo problema Noemí Goldman Ricardo Salvatore compiladores.


martes, 14 de abril de 2020

Acá está la clase de la generación del 37


Después de ver la clase, vamos a leer el capitulo 1 del libro "Facundo o Civilización y Barbarie" de Domingo F. Sarmiento, el libro está aquí o en casi cualquier librería de casi cualquier barrio y seguro seguro en cualquier Biblioteca Popular.

viernes, 3 de abril de 2020


Barajar y dar de nuevo. Tensiones en el Río de la Plata

Después de la batalla de Cepeda el 1º de febrero de 1820, las Provincias Unidas del Río de la Plata dejan de tener un gobierno central, esto quiere decir que las provincias pasan a ser autónomas.
Una de las causas de la disolución de la autoridad central fue debido a como debía organizarse el país.

La constitución de 1819, con Buenos Aires a la cabeza pretendía una organización unitaria, mientras que en el litoral y algunas províncias del interior optaban por un modo federal.

La disolución del gobiernos central trae algunos cambios. En cuanto al comercio, tras la Guerra de Independencia las elites comerciales, mayormente peninsulares, fueron desplazadas por hacendados y comerciantes ligados a Inglaterra.

Cambios en la forma de organización provincial ya que cada provincia se organizó mediante la forma republicana, esto es el triunfo de la revolución de mayo porque nunca más se volvió a depender de un monarca directamente o convertido el país en una monarquía parlamentaria.

Cambios también en la
dirigencia política, ahora a cargo de los caudillos.

Los caudillos surgen como una forma de autoridad más cercana a los problemas de la gente. Los ejércitos gauchos no eran hordas predatorias como las de Atila, sino que estaban estrechamente vinculados a la institución que les había dado origen y que se fortalecía cada vez más: la estancia.La mayoría de ellos eran terratenientes que se habían destacado en la defensa de las fronteras, en la lucha contra el indio o participando en las luchas por la independencia. La lucha contra el indio importó distintos logros para los valores de los propietarios de entonces: la protección de la sociedad blanca y de la propiedad, la conquista de nuevas tierras y la consolidación de un poder militar capaz de demostrar su importancia en la región.No negaron la necesidad de unión entre todas las provincias, pero consideraban que esta unión debía respetar la autonomía política y económica de cada una de sus respectivas regiones1”.
En la provincia de Buenos Aires los principales hacendados y comerciantes restablecieron el orden y eligieron como gobernador al general Martín Rodríguez. quien propone una modernización mediante una serie de reformas conocidas como “Reformas Rivadavianas” porque fueron llevadas a cargo por su ministro Bernardino Rivadavia.
Estas reformas fueron políticas, religiosas, educativas y económicas

1https://www.elhistoriador.com.ar/los-caudillos/

--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Documento. Edicto de la erección de la U.B.A.


--------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------

Discurso de Bernardino Rivadavia sobre la
supresión de los Cabildos en 1821
5 de diciembre de 1821
Bernardino Rivadavia


En seguida se leyó una nota del Gobierno con un proyecto de decreto
comprendido en dos artículos que también se acompaña para la supresión
de los Cabildos a excepción del de la Capital, y visto el dictamen de la
Comisión Interior de la Sala que apoya en todo el mencionado proyecto; el
Sr. Ministro de Gobierno produjo los fundamentos en que lo afianzaba; y
para descender al particular del debate puso a la consideración de la Sala la
historia de los Cabildos desde la más remota antigüedad, fijándola en el
nacimiento y primeros progresos del Gobierno feudal, y después de haber
señalado su origen en esta época, y designado las alteraciones que había
sufrido en diversos tiempos, tanto en lo general de la Europa, cuanto en
España en el reinado de Carlos III y Felipe V, y habiendo marcado el
carácter, facultades y modificaciones de los Cabildos de América
establecidos por el Gobierno Peninsular, dijo que tan necesarios eran los
Cabildos en aquel orden, como innecesarios al presente: que un Gobierno
Monárquico absoluto en el que la Soberanía Nacional estaba personificada al
individuo que la ejercía por título de sucesión, era indispensable reservarse
un resto de autoridad para los Pueblos deponiéndola en manos de los que
en aquel orden obtenían su representación; pero que este establecimiento
era incompatible con un Gobierno Representativo en que esa autoridad
suprema ha retrovertido a la sociedad, y se ejerce con toda la plenitud de
un sistema liberal por medio de, aquellas autoridades que tienen la viva
representación de los Pueblos con funciones reales que les ha circunscrito la
naturaleza del Gobierno actual y los pactos sociales: que en este estado
aparecen los Cabildos sin una atribución real, y útil al Publico: que la
administración de Justicia en 1ª instancia que han tenido hasta ahora no
puede ser más viciosa, aun prescindiendo de sus trámites y fórmulas que
ejerciéndose por hombres que en el mero hecho de recibir asesores para
juzgar por el juicio y base de la responsabilidad de estos confiesan su
inhabilidad, y que a este respecto ya tenía el Gobierno un modo de ocurrir a
su mejora por medio de un Reglamento provisorio de administración de
justicia y por otro al de la Policía que llenase el concepto de su
denominación, y que por lo que toca al reparto de contribuciones que
también tenían los Cabildos los proyectos que en esta materia tenía
presentados el Gobierno a la Honorable J. llenaban su objeto en toda su
extensión, y concluyó sosteniendo, y pidiendo se hiciese lugar a su sanción,
y habiendo opinado por la negativa el Sr. Planes, repuso el Sr. Agüero
apoyando, y corroborando las razones del Ministro, y agregó era de sentir
se reservase la sanción del proyecto para después que se publiquen los
requisitos a que hacía referencia el Sr. Ministro de Gobierno en cuyo caso
estará por la supresión de los Cabildos incluso el de la Capital, y convino el
Ministerio con solo la calidad de que se oficiase antes para la suspensión de
la elección del Cabildo entrante de la Capital como se había verificado con el
de Luján.


SESIÓN DEL 18 DE DICIEMBRE
En este estado el Sr. Gómez expuso haber evacuado su dictamen [...]
Y habiendo tomado la palabra el Sr. Ministro de Gobierno después de que
resumió los razones que adujo en Sesiones anteriores sobre la materia,
fundadas que los Cabildos debían suprimirse por ahora porque no tenían
función real y efectiva, que por tanto no podía vivir de la usurpación de las
atribuciones de autoridades, que emulaba que en los principios vigentes
eran indefinibles las facultades de los Cabildos, y que la Supresión de ellos
era una consecuencia necesaria de la reforma general Sancionada: luego
descendió a sostener que la existencia de los Cabildos era contraria a la de
la Representación Provincial, porque durante aquella era imposible que
arribase a aquel grado de opinión e importancia popular que demandaba su
naturaleza, y el lugar que obtenía en la organización social: que era nada
menos que el origen, y base de toda la administración la autoridad
representativa que convencido el Gobierno de este principio, en nada se
había empeñado más que en elevarla al lugar que le correspondía y exigía
el interés del País; que sin embargo que debía lisonjearse de tener
bastantes títulos para arrastrar la confianza pública, estaba cierto no haber
llegado a la que debía tener; y la causa cabalmente era la coexistencia de
unos cuerpos que por la ilusión, y por las habitudes, y la preocupación e
intereses de ciertos individuos que los hacían jugar bajo de diversas
fórmulas, tenían un poder bastante para siempre ser funesto a las
autoridades nacidas en tiempo de nuestra regeneración política. Y que unos
cuerpos que eran una tercera entidad de una naturaleza popular a la vez sin
dejar de ser religiosa, y germen del Gobierno metropolitano era imposible
que no hagan valer su popularidad para disputar un lugar de preferencia a
las autoridades que habían venido después de los Cabildos: que este era el
verdadero punto de vista en que debía considerarse el negocio; y
contrayéndose a no haberse presentado los proyectos en perfección sobre la
autorización de justa en 1ª Instancia y el ramo de Policía, expuso que el M.
categóricamente advirtió a la Sala no habían de ser sino unas bases que
debían mejorarse en el año entrante, pero si suficientes para dar un mejor
orden a uno y otro ramo, reservándose extenderse sobre este particular
para la siguiente Sesión por ser avanzada la hora; con lo que se alzó la
Sesión.”